Influencers: si te gusta mi vida te gustan mis patrocinadores

Edgar de la Rubia on 20/03/2018

De vez en cuando algún experto en cualquier materia afirma eso de que “está todo inventado”.

Como todas las sentencias con carácter general no es del todo mentira, pero tampoco lo es del todo cierto. En algún momento algo nuevo se inventa, se descubre, se desarrolla o simplemente empieza a aplicarse. Luego viene el momento del bautismo. Cuando la tradición recibe el nombre técnico y se empieza a acuñar el nuevo término, que será el que empiece a reverberar y a aparecer en nuestras realidades física y virtual.

Esto nos lleva a acordarnos de una figura hace mucho tiempo estudiada como el prescriptor en marketing, es decir, aquella persona que después de haber probado o usado un producto queda satisfecho con el rendimiento del mismo y se dedica a contarle a los demás como de contenta está con ello. En la mayoría de los casos hablamos de opiniones fundadas en la formación, que la experiencia en el uso de la clase de productos de que opina le ha dado.

Hace no tantos años, cuando se empezaba a descubrir de verdad la utilidad de YouTube como herramienta de comunicación, ésta figura empezó a redefinirse. Y de la manera más pura. Porque no hay mejor prescriptor que aquel que da su opinión sincera y sin modificadores de ningún tipo sobre un producto. Puedo jurar que esa época dorada existió, cuando empezaron a surgir personas que describían todos los aspectos concernientes a la compra de todo lo que cualquiera en algún momento puede comprar. Tecnología, videojuegos, ropa, libros, etc. Opiniones de gente como tú a golpe de clic. Impagable.

Obviamente, todo cambió. En este voraz e implacable mundo del comercio y la venta, allá donde hay mucha gente, habrá muchos compradores. Y así empezó. Las marcas se preocupaban de que los productos fueran llegando a quienes emitían las opiniones más vistas. Si tu producto era bueno no debía existir la preocupación. Si tenía sus contras, también quedarían reflejadas en el veredicto final. Lógicamente, esto también se podía cambiar. Si el rol cambiaba de donador de productos a patrocinador, la implicación del prescriptor también cambiaba, y los pros parecían más grandes y mejores.

La última parada de todo este viaje es la transformación final. Allí donde hablábamos al principio, donde las cosas tienen un nuevo nombre, quizás porque ya no sean exactamente lo mismo. Y es donde el prescriptor da paso al influencer.

Un influencer por definición es aquella persona que ensalza una marca por medio del uso de redes sociales. La afirmación suena muy contundente, pero cualquiera que responda por esa nomenclatura cumple esa definición a pies juntillas. Sin embargo, cualquier celebridad o famosa o famoso que cuente con varios cientos de miles de seguidores no tiene por qué entrar dentro del concepto. El porqué es bien sencillo. Un influencer nace con el propósito de llegar a estar patrocinado por alguna gran marca. Que sea ésta quién le ofrezca apoyo, contexto y trasfondo para poder demostrar su talento en los social media. De generar tráfico, impactos y convertirse en el estandarte de la marca. Y como he dicho, es cuando el prescriptor se transforma. Actualizado y listo para utilizarse.

Pero, ¿cuántos influencers tienen talento para ser buenos líderes de opinión? ¿Para emitir veredictos certeros y críticas acertadas sobre aquello que analizan? ¿Podemos establecer los criterios de los buenos influencers? Yo solo planteo las preguntas, porque contestarlas es simplemente difícil. Muy difícil. Y la naturaleza humana lo pone más difícil aún. Porque que somos empáticos es un hecho. Que llegamos a identificarnos con el protagonista de la película, que llegamos a sufrir, a sentir o por lo menos deseamos comportarnos así es un hecho. Nos apasionamos con celebridades y famosos. Les adoramos por su profesión, pero también por su estilo de vida. Comer lo que comen, vestir lo que visten, ver lo que ven. Y cómo no, comprar lo que compran. Cuando es posible claro.

Por eso los influencers son oro puro. Personas corrientes que tienen un estilo de vida corriente, pero que va dejando de serlo a medida que aumentan los pares de ojos que les están mirando a través de la pantalla del móvil. Como una especie de Gran Hermano que les concediera el ir ascendiendo en la escala social a medida que su popularidad aumentara. Y es que, en algún momento, en algún punto del camino, los influencers empezaron a vender algo más que los productos que pretendían que fueran su sustento. El ir a comprar el pan, pasear el perro, estudiar para un examen o simplemente contar cuál es su color favorito. Todo ello salpicado por la presencia de logos, anagramas y nombres comerciales que nos recuerdan constantemente que parte de lo que vemos puede ser replicado en nuestras vidas si pasamos por la tienda.

Porque al fin y al cabo si es su vida lo que te están mostrando en cada vídeo y si la comprarías para ti, ¿por qué no ir empezando por un par de camisetas?

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